lunes, 8 de julio de 2013

El Paso

Amor se erguía delante de ella. Con su postura despreocupada que contrastaba con su semblante serio, la miraba a los ojos sin darles escapatoria, aunque  estos mirasen en todas direcciones con tal de liberarse del mágico aura que emanaba su mirada.

Ella, incómoda, giró la cara y mirando al horizonte masculló: "No me mires así, por favor".
Entonces Amor con sus largos dedos cogió suavemente su barbilla y la obligó a mirarle, fijamente, a los ojos. Ella quedó embrujada al instante y con una sola palabra de Amor abandonó toda posibilidad de escapar. "Salta" le susurró Amor al oído, rozándola con sus labios y ella sin dudarlo, saltó

sábado, 2 de junio de 2012

Día 4



Por la mañana seguía con el lapicero en la mano, garabateando sobre una cuartilla repleta de tachones. Papá había salido de su cuarto, por primera vez sin ayuda ajena, y me observaba desde la puerta. Sin prestarle atención continué con mi epístola, hasta que no quedó un hueco en blanco. Entonces la arrugué con fuerza, clavando las uñas en la palma de mi mano al cerrar el puño, y tiré a la papelera el manuscrito. Él permaneció inmóvil hasta que giré sobre mi silla de oficina y le miré como quien mira un semáforo, esperando su aprobación pero sin dejarse influir por su mandato. En ese momento se acercó y se sentó al borde de mi cama.

Recoge tu cuarto y la cocina ― Dijo muy serio ― Después metete en la cama, necesitas descansar. Yo me voy a dar una ducha, bajaré a comprar el pan y haremos juntos la comida.
Algo en él había cambiado desde que te fuiste, ahora su voz sonaba como una caja de música estropeada por el tiempo y su mirada permanecía fija en mí, pero cansada y abatida. Aun así se podía apreciar en sus ojos un brillo optimista, un objetivo, no abandonar el barco durante la tempestad.

Hice lo que me mandaba sin rechistar. La visión de mi padre, de pie, yendo y viniendo por la casa, me producía una alegría inigualable. Volvimos a conectar el teléfono, bajamos al supermercado a comprar lo indispensable y entre los dos conseguimos que la casa estuviese limpia y habitable en unas horas. Por la noche, nos sentamos juntos a la mesa a degustar una frugal cena consistente en pan con jamón, sobras de la comida.

Nos atraparon los pensamientos y así, en silencio, terminamos de cenar y cada uno fue a su habitación deseándonos fríamente el uno al otro “buenas noches”. En mi cuarto me acosté velozmente en la cama, pero el sueño había desaparecido. Encendí la luz, y recuperé el folio de la basura. Leí varias veces aquello que con sudor y lágrimas había escrito. Lo alisé como pude y lo guardé en el primer cajón de la mesita de noche.

Una veintena de borradores permanecían en la papelera. Encendí una cerilla y la tiré dentro. Observé como ardía aquello en lo que tanto esfuerzo había puesto y antes de que la hoguera se avivase derramé un vaso de agua sobre ella. Los humeantes restos de alma que quedaban en la papelera eran ahora ilegibles.

Al mismo tiempo que la llama se extinguía en el cubo de basura, un fuego mucho mayor había prendido en mi interior, un fuego que consumía la derrota de mi corazón y la sustituía por un objetivo claro. No me rendiría hasta alcanzarlo.

martes, 1 de mayo de 2012

Día 3



“¿Por que buscáis entre los muertos al que esta vivo? No esta aquí, ha resucitado. Recordad lo que os dijo cuando estuvo en Galilea. Que el hijo del hombre debía ser entregado en manos de pecadores, que iban a crucificarlo y que resucitaría al tercer día.”

Mientras el cura realizaba la lectura del santo evangelio, a mi alrededor podía escuchar múltiples murmullos de desaprobación por la lectura elegida. El sacerdote, un completo desconocido, lanzaba de vez en cuando miradas sulfúricas a la congregación negando por lo bajo. Miradas que tanto mi padre como yo pasábamos por alto, ensimismados en nuestras propias oraciones de salvación. Finalmente te vimos desaparecer en el fondo de una fosa, mientras los enterradores hacían su trabajo evitando así la resurrección anunciada por el arcángel.

Mi padre, tu marido, apoyado por su hermano se adelantó para decir unas palabras durante la ceremonia pero su voz se rasgó a las pocas palabras y no pudo terminar. Yo, en cambio, no se si por cobardía o respeto, decidí colocarme en la fila más alejada y esperar en silencio a que todo acabase . Cuando los presentes comenzaron a retirarse, no sin antes acercarse a mi padre y darle “su más sentido pésame”, se acercó a mí Francisco. Me abrazó. Lloró. Lloré.

Al llegar a casa, en taxi pues había comenzado a diluviar, mi padre se ocultó en su cuarto a rumiar su dolor como ya había hecho los días anteriores. Yo, a falta de un plan mejor, hice lo propio y me recosté en la cama, cerrando los ojos y dejando que el sueño aletargase mis pensamientos.

En la madrugada desperté como sí un resorte se hubiese activado en mi interior. Recorrí el camino que me separaba del baño a oscuras guiándome con la mano al frente. Me lavé la cara con agua helada que me entumeció las manos y una vez recuperado del sopor inicial volví a la habitación, tomé un cuaderno y un lápiz recién afilado y me propuse vaciarme de todo lo que carcomía mi alma. No recuerdo cuantas horas miré el papel con el lapicero en la mano sin reaccionar, pero definitivamente comencé a escribir. Una carta para ti o para mi, no se, algo que me librara de ese sentimiento de culpa que retorcía mi corazón.

sábado, 14 de abril de 2012

Día 2



Al día siguiente me desperté con el sol en la cara y corrí con urgencia al baño a desalojarlo todo. Poco después sonó el teléfono, al levantar el auricular una voz preguntó por mi padre y cuando me reconoció, me dijo que ya se había enterado de todo y que lo sentían mucho, que todo el mundo sabía lo importante que eras para mí. Se me llenaron los ojos de lágrimas y no supe que contestar, así que colgué y desconecté la línea. Mi padre seguía en su cuarto, con la puerta cerrada, así que supuse que aquel día tampoco iría a trabajar.

En la cocina, preparé desayuno para los dos, o para los tres, utilizando los escasos recursos culinarios de los que disponíamos. Preparé un vaso de leche y un huevo frito para cada uno. Dí buena cuenta de mi plato aunque no tenía apetito y dejé el de mi padre en su lado de la mesa, esperando a ser engullido.

Poco después del mediodía, llamaron al timbre. Al abrir la puerta me encontré con Francisco, mi amigo, que sin pedir permiso entró en casa y fue directo a mi habitación. Tras la sorpresa inicial, cerré la puerta del rellano, donde las mirillas de los vecinos parpadeaban, y le seguí. Estaba rebuscando en mi armario y sacando ropa que luego tiraba sobre la cama. “¡Póntela!” me ordenó y salió al pasillo a esperarme. Me vestí y me dejé guiar por él hasta la calle.

Una vez fuera, tuve que esforzarme para seguir sus las largas zancadas. Se paró delante de un bar y me sujetó la puerta para que entrase. Yo obedecí. Dentro estaban todos, me dijeron que Francisco había preparado aquello para animarme. Saludé a unas cuantas personas distraído y a la mínima oportunidad me escabullí entre los invitados en dirección a la calle. El aire viciado del local me oprimía el pecho.

Deambulé por la calle sin saber a quien acudir ni donde ir. Poco a poco el cansancio se apoderó de mi cuerpo y cuando sentía que no podía dar un paso más la vi. Caminaba unos metros por delante de mí sin percatarse de que mi mirada taladraba su nuca, al fin y al cabo así había sido siempre, la chica de hielo Cuando desapareció por un callejón comprendí que nada iba a cambiar. Me senté en un banco cercano mientras intentaba recuperar el aliento, sintiendo que mi estomago encogía unos centímetros más y que el aire escapaba de mis pulmones. Cuando hube descansado me levanté y tomé el camino que me llevaría de vuelta a casa. Ya era noche cerrada.

Gané el portal mientras las campanas del pilar tocaban las doce. El frío viento que me había acompañado durante todo el camino se hacía hueco en cada recoveco de mi ropa amenazando con congelar mis extremidades, mientras forcejeaba con la puerta. Subí al piso y dejé escapar un suspiro de alivio cuando me acogió el aliento de la calefacción. Más relajado, me cambié y fui a la cocina. Comprobé que el desayuno no había sido tocado, la leche estaba cortada y sobre el huevo revoloteaban un par de moscas. Lo tiré a la basura. Tras abrir una bolsa de patatas y coger un par de puñados, mi cena, fui a mi cuarto y dejé que el dolor me abrazase mientras retiraba la manta de la cama y me introducía entre las sabanas. Mañana sería otro día, otro día igual de vacio.

domingo, 8 de abril de 2012

Día 1



“En el fondo no existe nada más en esta vida que la familia, la amistad y el amor.” Así hablaba el invitado del programa de la tarde antes de que te fueses de mi vida dando un portazo, dejándome allí, sentado, sin saber que hacer.

Unos minutos más tarde decidí bajar a la calle a ver sí el frío viento del Ebro respondía a aquellas preguntas que se arremolinaban en mi cabeza y quemaban mi mente. Tras horas de caminar sin saber a donde, me senté en un banco del recinto de la Expo y esperé a que anocheciese, viendo pasar las nubes sobre mi cabeza con prisa por llegar a un destino que escapa a nuestro entendimiento. Una vez estuve convencido de que nadie me podía ver, coloqué los pies en el banco, abracé mis piernas y apoyando la cabeza en mis rodillas rompí a llorar.

Volví a casa de madrugada. Al abrir la puerta, comprendí que mi padre aun no se había acostado. Lo encontré en el salón mirando sin ver la novela cerrada que sujetaba entre las manos. Cuando se percató de mi presencia, se levantó y me abrazó, con fuerza, como sí quisiese exprimir todo el dolor que acumulábamos y convertirlo en un simple charco de tristeza. Después, sin decir nada se fue a su habitación y cerró la puerta.

Sin quitarme la ropa, me acerqué al minibar, saqué una botella al azar y un vaso y los llevé a la mesa. Me senté en el sofá donde acababa de estar mi padre, tu preferido, y rellené el vaso una y otra vez hasta que la botella quedó vacía. Entonces me recliné y cedí al cansancio, entregándome a un sueño incomodo.

domingo, 25 de marzo de 2012

Escritura




Una virtud y un vicio. Es la capacidad de fotografiar una realidad inexistente con palabras. Es la capacidad que algunas personas tienen de  superar la barrera del folio en blanco y transmitir sus propios sentimientos haciendo que sean los tuyos por un instante. Es en definitiva la Escritura.

Para mí escribir no es más que un tipo de evasión. Cuando te enfrentas a la hoja y esgrimes el bolígrafo, liberando todo aquello que guardas en la cárcel de tu mente, estas liberando una parte de ti. Lo que queda plasmado en palabras forma parte de tu ser, aunque aun no lo sepas, cada palabra, cada símbolo y cada punto tienen su hueco en tu interior.

Por eso, he llegado a pensar que escribir una historia, una carta de amor o un mensaje de ánimo, da igual, es la actividad más egoísta que existe. Puedes creer que lo haces para demostrarle algo a alguien, por que sí no lo hicieses privarías al mundo de lo más bello que hay en ti o simplemente para sentirte mejor. La realidad, es que lo haces por ti; una carta de amor sirve para demostrarte lo enamorado que estas de alguien, aunque no sea verdad. Una historia, te permite liberar sentimientos y tensiones que escondes por miedo, vergüenza o estupidez. Por último, con un mensaje no se busca solo que ayude a la persona, sino que sirve para exponer abiertamente un interés que no se demuestra a simple vista.

Ese es el secreto mejor guardado del “imaginador” que idea sus propios cuentos para que sean leídos por esa persona en la que pensaban mientras escribían.
Y es que a veces es más sencillo enamorar al folio que a la persona a la que quieres.

viernes, 23 de marzo de 2012

La decisión mas sencilla de nuestras vidas


Fuera hacia frío, el día había amanecido gris y a media tarde comenzó a caer una leve llovizna que ensombreció las calles de la gran ciudad dandole el aspecto deprimente que se observaba desde la ventana del ático. Por una rendija se colaba el frio en el interior de la oscura habitación aunque no parecia importarle al observador que sopesaba el arma en las manos.


 En la habitación, desordenada, la unica luz que sobrevivía era la emitida por los carteles luminosos de la calle. El observador se separó del ventanal y se acercó a una mesa sobre la que se podian distinguir una hoja de papel y un boligrafo. Se sentó en un comodo butacon y sin pensar comenzó a escribir aquello sobre lo que pensó durante toda la mañana.


 Se quedó observando su obra unos diez minutos y finalmente alzó el arma y con un "Click" hizo retroceder el percutor. Mientras una lágrima rodaba por su mejilla, dio un último vistazo al mundo a través del cristal y metiendo el cañon en la boca, presionó el gatillo.


 Con un estallido sordo, su vida se esfumó dejando como pruebas de su existecia un cuerpo ensangrentado e irreconocible y una hoja de papel cuyo contenido quedó emborronado por la salpicadura de sangre; ilegible.