“¿Por
que buscáis entre los muertos al que esta vivo? No esta aquí, ha
resucitado. Recordad lo que os dijo cuando estuvo en Galilea. Que el
hijo del hombre debía ser entregado en manos de pecadores, que iban
a crucificarlo y que resucitaría al tercer día.”
Mientras
el cura realizaba la lectura del santo evangelio, a mi alrededor
podía escuchar múltiples murmullos de desaprobación por la lectura
elegida. El sacerdote, un completo desconocido, lanzaba de vez en
cuando miradas sulfúricas a la congregación negando por lo bajo.
Miradas que tanto mi padre como yo pasábamos por alto, ensimismados
en nuestras propias oraciones de salvación. Finalmente te vimos
desaparecer en el fondo de una fosa, mientras los enterradores hacían
su trabajo evitando así la resurrección anunciada por el arcángel.
Mi
padre, tu marido, apoyado por su hermano se adelantó para decir unas
palabras durante la ceremonia pero su voz se rasgó a las pocas
palabras y no pudo terminar. Yo, en cambio, no se si por cobardía o
respeto, decidí colocarme en la fila más alejada y esperar en
silencio a que todo acabase . Cuando los presentes comenzaron a
retirarse, no sin antes acercarse a mi padre y darle “su más
sentido pésame”, se acercó a mí Francisco. Me abrazó. Lloró.
Lloré.
Al
llegar a casa, en taxi pues había comenzado a diluviar, mi padre se
ocultó en su cuarto a rumiar su dolor como ya había hecho los días
anteriores. Yo, a falta de un plan mejor, hice lo propio y me recosté
en la cama, cerrando los ojos y dejando que el sueño aletargase mis
pensamientos.
En
la madrugada desperté como sí un resorte se hubiese activado en mi
interior. Recorrí el camino que me separaba del baño a oscuras
guiándome con la mano al frente. Me lavé la cara con agua helada
que me entumeció las manos y una vez recuperado del sopor inicial
volví a la habitación, tomé un cuaderno y un lápiz recién
afilado y me propuse vaciarme de todo lo que carcomía mi alma. No
recuerdo cuantas horas miré el papel con el lapicero en la mano sin
reaccionar, pero definitivamente comencé a escribir. Una carta para
ti o para mi, no se, algo que me librara de ese sentimiento de culpa
que retorcía mi corazón.
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