sábado, 14 de abril de 2012

Día 2



Al día siguiente me desperté con el sol en la cara y corrí con urgencia al baño a desalojarlo todo. Poco después sonó el teléfono, al levantar el auricular una voz preguntó por mi padre y cuando me reconoció, me dijo que ya se había enterado de todo y que lo sentían mucho, que todo el mundo sabía lo importante que eras para mí. Se me llenaron los ojos de lágrimas y no supe que contestar, así que colgué y desconecté la línea. Mi padre seguía en su cuarto, con la puerta cerrada, así que supuse que aquel día tampoco iría a trabajar.

En la cocina, preparé desayuno para los dos, o para los tres, utilizando los escasos recursos culinarios de los que disponíamos. Preparé un vaso de leche y un huevo frito para cada uno. Dí buena cuenta de mi plato aunque no tenía apetito y dejé el de mi padre en su lado de la mesa, esperando a ser engullido.

Poco después del mediodía, llamaron al timbre. Al abrir la puerta me encontré con Francisco, mi amigo, que sin pedir permiso entró en casa y fue directo a mi habitación. Tras la sorpresa inicial, cerré la puerta del rellano, donde las mirillas de los vecinos parpadeaban, y le seguí. Estaba rebuscando en mi armario y sacando ropa que luego tiraba sobre la cama. “¡Póntela!” me ordenó y salió al pasillo a esperarme. Me vestí y me dejé guiar por él hasta la calle.

Una vez fuera, tuve que esforzarme para seguir sus las largas zancadas. Se paró delante de un bar y me sujetó la puerta para que entrase. Yo obedecí. Dentro estaban todos, me dijeron que Francisco había preparado aquello para animarme. Saludé a unas cuantas personas distraído y a la mínima oportunidad me escabullí entre los invitados en dirección a la calle. El aire viciado del local me oprimía el pecho.

Deambulé por la calle sin saber a quien acudir ni donde ir. Poco a poco el cansancio se apoderó de mi cuerpo y cuando sentía que no podía dar un paso más la vi. Caminaba unos metros por delante de mí sin percatarse de que mi mirada taladraba su nuca, al fin y al cabo así había sido siempre, la chica de hielo Cuando desapareció por un callejón comprendí que nada iba a cambiar. Me senté en un banco cercano mientras intentaba recuperar el aliento, sintiendo que mi estomago encogía unos centímetros más y que el aire escapaba de mis pulmones. Cuando hube descansado me levanté y tomé el camino que me llevaría de vuelta a casa. Ya era noche cerrada.

Gané el portal mientras las campanas del pilar tocaban las doce. El frío viento que me había acompañado durante todo el camino se hacía hueco en cada recoveco de mi ropa amenazando con congelar mis extremidades, mientras forcejeaba con la puerta. Subí al piso y dejé escapar un suspiro de alivio cuando me acogió el aliento de la calefacción. Más relajado, me cambié y fui a la cocina. Comprobé que el desayuno no había sido tocado, la leche estaba cortada y sobre el huevo revoloteaban un par de moscas. Lo tiré a la basura. Tras abrir una bolsa de patatas y coger un par de puñados, mi cena, fui a mi cuarto y dejé que el dolor me abrazase mientras retiraba la manta de la cama y me introducía entre las sabanas. Mañana sería otro día, otro día igual de vacio.

No hay comentarios:

Publicar un comentario