Al
día siguiente me desperté con el sol en la cara y corrí con
urgencia al baño a desalojarlo todo. Poco después sonó el
teléfono, al levantar el auricular una voz preguntó por mi padre y
cuando me reconoció, me dijo que ya se había enterado de todo y que
lo sentían mucho, que todo el mundo sabía lo importante que eras
para mí. Se me llenaron los ojos de lágrimas y no supe que
contestar, así que colgué y desconecté la línea. Mi padre seguía
en su cuarto, con la puerta cerrada, así que supuse que aquel día
tampoco iría a trabajar.
En
la cocina, preparé desayuno para los dos, o para los tres,
utilizando los escasos recursos culinarios de los que disponíamos.
Preparé un vaso de leche y un huevo frito para cada uno. Dí buena
cuenta de mi plato aunque no tenía apetito y dejé el de mi padre en
su lado de la mesa, esperando a ser engullido.
Poco
después del mediodía, llamaron al timbre. Al abrir la puerta me
encontré con Francisco, mi amigo, que sin pedir permiso entró en
casa y fue directo a mi habitación. Tras la sorpresa inicial, cerré
la puerta del rellano, donde las mirillas de los vecinos parpadeaban,
y le seguí. Estaba rebuscando en mi armario y sacando ropa que luego
tiraba sobre la cama. “¡Póntela!” me ordenó y salió al
pasillo a esperarme. Me vestí y me dejé guiar por él hasta la
calle.
Una
vez fuera, tuve que esforzarme para seguir sus las largas zancadas.
Se paró delante de un bar y me sujetó la puerta para que entrase.
Yo obedecí. Dentro estaban todos, me dijeron que Francisco había
preparado aquello para animarme. Saludé a unas cuantas personas
distraído y a la mínima oportunidad me escabullí entre los
invitados en dirección a la calle. El aire viciado del local me
oprimía el pecho.
Deambulé
por la calle sin saber a quien acudir ni donde ir. Poco a poco el
cansancio se apoderó de mi cuerpo y cuando sentía que no podía dar
un paso más la vi. Caminaba unos metros por delante de mí sin
percatarse de que mi mirada taladraba su nuca, al fin y al cabo así
había sido siempre, la chica de hielo Cuando desapareció por un
callejón comprendí que nada iba a cambiar. Me senté en un banco
cercano mientras intentaba recuperar el aliento, sintiendo que mi
estomago encogía unos centímetros más y que el aire escapaba de
mis pulmones. Cuando hube descansado me levanté y tomé el camino
que me llevaría de vuelta a casa. Ya era noche cerrada.
Gané
el portal mientras las campanas del pilar tocaban las doce. El frío
viento que me había acompañado durante todo el camino se hacía
hueco en cada recoveco de mi ropa amenazando con congelar mis
extremidades, mientras forcejeaba con la puerta. Subí al piso y dejé
escapar un suspiro de alivio cuando me acogió el aliento de la
calefacción. Más relajado, me cambié y fui a la cocina. Comprobé
que el desayuno no había sido tocado, la leche estaba cortada y
sobre el huevo revoloteaban un par de moscas. Lo tiré a la basura.
Tras abrir una bolsa de patatas y coger un par de puñados, mi cena,
fui a mi cuarto y dejé que el dolor me abrazase mientras retiraba la
manta de la cama y me introducía entre las sabanas. Mañana sería
otro día, otro día igual de vacio.