Por la mañana seguía con el
lapicero en la mano, garabateando sobre una cuartilla repleta de
tachones. Papá había salido de su cuarto, por primera vez sin ayuda
ajena, y me observaba desde la puerta. Sin prestarle atención
continué con mi epístola, hasta que no quedó un hueco en blanco.
Entonces la arrugué con fuerza, clavando las uñas en la palma de mi
mano al cerrar el puño, y tiré a la papelera el manuscrito. Él
permaneció inmóvil hasta que giré sobre mi silla de oficina y le
miré como quien mira un semáforo, esperando su aprobación pero sin
dejarse influir por su mandato. En ese momento se acercó y se sentó
al borde de mi cama.
Recoge tu cuarto y la cocina ―
Dijo muy serio ― Después metete en la cama, necesitas descansar.
Yo me voy a dar una ducha, bajaré a comprar el pan y haremos juntos
la comida.
Algo en él había cambiado desde
que te fuiste, ahora su voz sonaba como una caja de música
estropeada por el tiempo y su mirada permanecía fija en mí, pero
cansada y abatida. Aun así se podía apreciar en sus ojos un brillo
optimista, un objetivo, no abandonar el barco durante la tempestad.
Hice lo que me mandaba sin
rechistar. La visión de mi padre, de pie, yendo y viniendo por la
casa, me producía una alegría inigualable. Volvimos a conectar el
teléfono, bajamos al supermercado a comprar lo indispensable y
entre los dos conseguimos que la casa estuviese limpia y habitable en
unas horas. Por la noche, nos sentamos juntos a la mesa a degustar
una frugal cena consistente en pan con jamón, sobras de la comida.
Nos atraparon los pensamientos y
así, en silencio, terminamos de cenar y cada uno fue a su habitación
deseándonos fríamente el uno al otro “buenas noches”. En mi
cuarto me acosté velozmente en la cama, pero el sueño había
desaparecido. Encendí la luz, y recuperé el folio de la basura. Leí
varias veces aquello que con sudor y lágrimas había escrito. Lo
alisé como pude y lo guardé en el primer cajón de la mesita de
noche.
Una veintena de borradores
permanecían en la papelera. Encendí una cerilla y la tiré dentro.
Observé como ardía aquello en lo que tanto esfuerzo había puesto y
antes de que la hoguera se avivase derramé un vaso de agua sobre
ella. Los humeantes restos de alma que quedaban en la papelera eran
ahora ilegibles.
Al mismo tiempo que la llama se
extinguía en el cubo de basura, un fuego mucho mayor había prendido
en mi interior, un fuego que consumía la derrota de mi corazón y la
sustituía por un objetivo claro. No me rendiría hasta alcanzarlo.