sábado, 2 de junio de 2012

Día 4



Por la mañana seguía con el lapicero en la mano, garabateando sobre una cuartilla repleta de tachones. Papá había salido de su cuarto, por primera vez sin ayuda ajena, y me observaba desde la puerta. Sin prestarle atención continué con mi epístola, hasta que no quedó un hueco en blanco. Entonces la arrugué con fuerza, clavando las uñas en la palma de mi mano al cerrar el puño, y tiré a la papelera el manuscrito. Él permaneció inmóvil hasta que giré sobre mi silla de oficina y le miré como quien mira un semáforo, esperando su aprobación pero sin dejarse influir por su mandato. En ese momento se acercó y se sentó al borde de mi cama.

Recoge tu cuarto y la cocina ― Dijo muy serio ― Después metete en la cama, necesitas descansar. Yo me voy a dar una ducha, bajaré a comprar el pan y haremos juntos la comida.
Algo en él había cambiado desde que te fuiste, ahora su voz sonaba como una caja de música estropeada por el tiempo y su mirada permanecía fija en mí, pero cansada y abatida. Aun así se podía apreciar en sus ojos un brillo optimista, un objetivo, no abandonar el barco durante la tempestad.

Hice lo que me mandaba sin rechistar. La visión de mi padre, de pie, yendo y viniendo por la casa, me producía una alegría inigualable. Volvimos a conectar el teléfono, bajamos al supermercado a comprar lo indispensable y entre los dos conseguimos que la casa estuviese limpia y habitable en unas horas. Por la noche, nos sentamos juntos a la mesa a degustar una frugal cena consistente en pan con jamón, sobras de la comida.

Nos atraparon los pensamientos y así, en silencio, terminamos de cenar y cada uno fue a su habitación deseándonos fríamente el uno al otro “buenas noches”. En mi cuarto me acosté velozmente en la cama, pero el sueño había desaparecido. Encendí la luz, y recuperé el folio de la basura. Leí varias veces aquello que con sudor y lágrimas había escrito. Lo alisé como pude y lo guardé en el primer cajón de la mesita de noche.

Una veintena de borradores permanecían en la papelera. Encendí una cerilla y la tiré dentro. Observé como ardía aquello en lo que tanto esfuerzo había puesto y antes de que la hoguera se avivase derramé un vaso de agua sobre ella. Los humeantes restos de alma que quedaban en la papelera eran ahora ilegibles.

Al mismo tiempo que la llama se extinguía en el cubo de basura, un fuego mucho mayor había prendido en mi interior, un fuego que consumía la derrota de mi corazón y la sustituía por un objetivo claro. No me rendiría hasta alcanzarlo.

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