Creo
Buenos
días chicos ― Dijo el que presidía la curva de sillas en el
centro de la estancia ―
Hoy contamos con nuevos invitados, vamos a dejar que se presenten.
La estancia
consistía en cuatro paredes encaladas que habían perdido su antiguo
lustre y un techo blanco con abundantes marcas de humedad. El suelo,
recién encerado, se mostraba brillante e higiénico. La luz que
abarrotaba la estancia, no provenía de las ventanas, sino de los
múltiples focos que salían del techo. En la zona central del
cubículo, más de una docena de sillas dispuestas en semicírculo,
acogían a gentes de todos los colores y a simple vista se podía
apreciar que de todas las clases sociales. Dos personas permanecían
de pie en frente del ellos.
Una
de ellas dio un paso al frente y comenzó a hablar sobre su persona: Hola,
me llamo Cristian y soy testigo de jehová ―
Dijo, mientras se desabotonaba el boton superior de la camisa. ¡Hola
Cristian! ― dijeron aquellos que estaban sentados al unísono. Una
vez lo hicieron, uno de ellos se levantó de su silla y se la
ofreció, el recien llegado aceptó agradecido el asiento y se
reclinó en él abatido.
El que le cedió el
sitio, murmuró algo y se retiró de la sala a buscar dos banquetas,
una para el recien llegado que permanecía en pie y la otra para si
mismo.
Aquel que aun no
había hablado, era un chico joven, que emanaba una frialdad impropia
de su edad. La gorra plana incada hasta las cejas y los pantalones
caidos le daban un aspecto singular. Esta impresión se veía
acrecentada por su forma de moverse, que demostraba una confianza en
sí mismo por encima de la que solían tener aquellos que iban a
aquellas sesiones de terapia.
Cuando volvió aquel
que había ido a por las banquetas, se acercó a él y le cogió uno
de los fardos que llevaba a cuestas con aparente dificultad. Una vez
colocados los asientos como parte de la curva, el nuevo se puso en el
centro y habló por primera vez en toda la sesión.
Hola
a todos, mi nombre es Nacho y soy ateo ―
Puso especial incapie en la última palabra. ¡Hola Nacho! ―
repitieron la operación que debía de ser un proceso común al
recibir un nuevo compañero, aunque esta vez lo hicieron un poco
extrañados.
Despues
de un intenso silencio, el que presidía la reunión, se levantó y
habló con voz grave y contundente: Tú no tienes por que estar aquí.
Todos los que estamos aquí, tenemos problemas con nuestras
creencias, por ejemplo, Sara ― dijo señalando a una mujer de
mediana edad extremadamente flaca ― Es católica y cree que la
Santa Inquisición hizo lo correcto con sus purgas. ― Otro
silencio, tras el cual, el hombre señaló a otra persona de la sala.
―
Jack, vino de Estados Unidos con la convicción de que el ku klux
klan había ayudado a su comunidad a ser mejor. ―
Mientras buscaba a su siguiente victima, el hombre se secó la
frente. ― Y este es Alí, viene de Kazajistan y cree, como otros
musulmanes, que morir matando a infieles como nosotros es una muerte
más que digna. ― Se volvio a girar hacia el joven y sonrió ―
Como ves, sí no crees, este no es tu sitio.
El hombre que
permanecía de pie, concentrado en las palabras de su interlocutor,
se quitó la gorra y la chaqueta, con calma, como sí pensase en lo
que iba a decir. Una vez se acomodó la ropa restante, levantó la
vista y miró fijamente al lider de aquel grupo de infelices y le
dijo: Soy ateo, pero aún creo en el amor.