martes, 1 de mayo de 2012

Día 3



“¿Por que buscáis entre los muertos al que esta vivo? No esta aquí, ha resucitado. Recordad lo que os dijo cuando estuvo en Galilea. Que el hijo del hombre debía ser entregado en manos de pecadores, que iban a crucificarlo y que resucitaría al tercer día.”

Mientras el cura realizaba la lectura del santo evangelio, a mi alrededor podía escuchar múltiples murmullos de desaprobación por la lectura elegida. El sacerdote, un completo desconocido, lanzaba de vez en cuando miradas sulfúricas a la congregación negando por lo bajo. Miradas que tanto mi padre como yo pasábamos por alto, ensimismados en nuestras propias oraciones de salvación. Finalmente te vimos desaparecer en el fondo de una fosa, mientras los enterradores hacían su trabajo evitando así la resurrección anunciada por el arcángel.

Mi padre, tu marido, apoyado por su hermano se adelantó para decir unas palabras durante la ceremonia pero su voz se rasgó a las pocas palabras y no pudo terminar. Yo, en cambio, no se si por cobardía o respeto, decidí colocarme en la fila más alejada y esperar en silencio a que todo acabase . Cuando los presentes comenzaron a retirarse, no sin antes acercarse a mi padre y darle “su más sentido pésame”, se acercó a mí Francisco. Me abrazó. Lloró. Lloré.

Al llegar a casa, en taxi pues había comenzado a diluviar, mi padre se ocultó en su cuarto a rumiar su dolor como ya había hecho los días anteriores. Yo, a falta de un plan mejor, hice lo propio y me recosté en la cama, cerrando los ojos y dejando que el sueño aletargase mis pensamientos.

En la madrugada desperté como sí un resorte se hubiese activado en mi interior. Recorrí el camino que me separaba del baño a oscuras guiándome con la mano al frente. Me lavé la cara con agua helada que me entumeció las manos y una vez recuperado del sopor inicial volví a la habitación, tomé un cuaderno y un lápiz recién afilado y me propuse vaciarme de todo lo que carcomía mi alma. No recuerdo cuantas horas miré el papel con el lapicero en la mano sin reaccionar, pero definitivamente comencé a escribir. Una carta para ti o para mi, no se, algo que me librara de ese sentimiento de culpa que retorcía mi corazón.