“En
el fondo no existe nada más en esta vida que la familia, la amistad
y el amor.” Así hablaba el invitado del programa de la tarde antes
de que te fueses de mi vida dando un portazo, dejándome allí,
sentado, sin saber que hacer.
Unos
minutos más tarde decidí bajar a la calle a ver sí el frío viento
del Ebro respondía a aquellas preguntas que se arremolinaban en mi
cabeza y quemaban mi mente. Tras horas de caminar sin saber a donde,
me senté en un banco del recinto de la Expo y esperé a que
anocheciese, viendo pasar las nubes sobre mi cabeza con prisa por
llegar a un destino que escapa a nuestro entendimiento. Una vez
estuve convencido de que nadie me podía ver, coloqué los pies en el
banco, abracé mis piernas y apoyando la cabeza en mis rodillas rompí
a llorar.
Volví
a casa de madrugada. Al abrir la puerta, comprendí que mi padre aun
no se había acostado. Lo encontré en el salón mirando sin ver la
novela cerrada que sujetaba entre las manos. Cuando se percató de mi
presencia, se levantó y me abrazó, con fuerza, como sí quisiese
exprimir todo el dolor que acumulábamos y convertirlo en un simple
charco de tristeza. Después, sin decir nada se fue a su habitación
y cerró la puerta.
Sin
quitarme la ropa, me acerqué al minibar, saqué una botella al azar
y un vaso y los llevé a la mesa. Me senté en el sofá donde acababa
de estar mi padre, tu preferido, y rellené el vaso una y otra vez
hasta que la botella quedó vacía. Entonces me recliné y cedí al
cansancio, entregándome a un sueño incomodo.
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