domingo, 8 de abril de 2012

Día 1



“En el fondo no existe nada más en esta vida que la familia, la amistad y el amor.” Así hablaba el invitado del programa de la tarde antes de que te fueses de mi vida dando un portazo, dejándome allí, sentado, sin saber que hacer.

Unos minutos más tarde decidí bajar a la calle a ver sí el frío viento del Ebro respondía a aquellas preguntas que se arremolinaban en mi cabeza y quemaban mi mente. Tras horas de caminar sin saber a donde, me senté en un banco del recinto de la Expo y esperé a que anocheciese, viendo pasar las nubes sobre mi cabeza con prisa por llegar a un destino que escapa a nuestro entendimiento. Una vez estuve convencido de que nadie me podía ver, coloqué los pies en el banco, abracé mis piernas y apoyando la cabeza en mis rodillas rompí a llorar.

Volví a casa de madrugada. Al abrir la puerta, comprendí que mi padre aun no se había acostado. Lo encontré en el salón mirando sin ver la novela cerrada que sujetaba entre las manos. Cuando se percató de mi presencia, se levantó y me abrazó, con fuerza, como sí quisiese exprimir todo el dolor que acumulábamos y convertirlo en un simple charco de tristeza. Después, sin decir nada se fue a su habitación y cerró la puerta.

Sin quitarme la ropa, me acerqué al minibar, saqué una botella al azar y un vaso y los llevé a la mesa. Me senté en el sofá donde acababa de estar mi padre, tu preferido, y rellené el vaso una y otra vez hasta que la botella quedó vacía. Entonces me recliné y cedí al cansancio, entregándome a un sueño incomodo.

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